Tu clase de Yoga o Pilates. Esas 8 semanas de introducción al Mindfulness. Tu entrenamiento de Kick-boxing con tu instructor personal. Esos músculos que fatigas en la clase de spinning. Cualquier práctica de respiración y reducción del estrés que tu terapeuta te recomiende. Igual sucede con tus clases de kung-fu o con cualquier arte marcial, o con las técnicas de meditación que aprendiste de tu gurú.
Era un día nublado cuando alguien me agarró por el cuello desde atrás con su brazo, y me hizo consciente de lo estúpido que es no prestar atención a las advertencias la población local.
Todo esto ocurrió en Valparaíso, en Chile, una tarde a principios de 2008, cuando las casas de todos los colores lucían vibrantes contra el océano. Disfrutaba tanto haciendo fotos que no me di cuenta de que me había quedado sola en la placita con mi chaqueta muy “gringa” de The North Face. Fue un error.
Desde mi ángulo de visión, advertí que el hombre, mientras me sujetaba agarrándome por el cuello con su brazo izquierdo, tenía la otra mano en el bolsillo, como si hubiera escondido algo allí. Bien podría haber sido solo su puño, pero decidí que no quería averiguarlo.
-¡Dame tu cámara! -me ordenó hablándome al oído.
Sentí que mi cuerpo hervía de adrenalina, y que junto con mi mente rápidamente evaluaba la situación. De hecho, yo había practicado algunos años kung-fu, una década atrás, y me instruí un poco también en Krav-Maga (la técnica de autodefensa de las fuerzas armadas israelíes), pero en el momento de los hechos yo llevaba más de un año sin práctica y mi cuerpo no recordaba cómo pelear.
Tras unos segundos de vacilación, que resultaron en un apretón más firme del brazo alrededor de mi cuello, finalmente entregué la cámara al hombre, mientras notaba un zumbido en todo mi cuerpo. Sabía sin duda que pelearía por mi chaqueta, ya que tenía muchas cosas valiosas en los bolsillos. Pero tuve suerte, el ladrón no quería la chaqueta. Salió corriendo de la plaza con la cámara, y desapareció en el coche de sus compinches.
Han pasado 12 años desde esta experiencia, y la lección que aprendí todavía permanece conmigo. Incluso si se trata de una técnica de meditación, o de mi propia práctica de TRE o de Yoga… el cuerpo necesita sentirse preparado en todo momento. Y solo recordará y tendrá la habilidad de actuar adecuadamente si practicas cuando todo va bien. Cuando estás seguro y no tienes dolor. Para ello necesitas dedicarte día a día, sin pereza, para que cuando algo vaya mal tengas a tu cuerpo como aliado.
Todas las técnicas que aprendas para el bienestar de tu cuerpo, cuando te sientes bien, te serán de gran utilidad cuando estés dolorido.
Así, cuando te encuentres mal, podrás reconectar con tu cuerpo y recurrir a esa técnica de respiración, a esa meditación, al TRE, a tus asanas de yoga, a esa sesión craneosacral para dar a tu cuerpo una oportunidad de sanar en el momento presente.
Pase lo que pase, tienes un aliado en su cuerpo. Reconecta con él y no dejes de practicar. El orador norteamericano Zig Ziglar decía que la motivación es como la ducha. No dura por sí sola. Por eso nos duchamos todos los días.
Que tu práctica, sea la que sea, te ayude a mantenerte en equilibro en los momentos más duros.
Anna



